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Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo (parteIII)

Esta regla de las diez mil horas, ¿es una regla general para el éxito? Vamos a probar la idea con dos ejemplos: los Beatles, uno de los grupos de rock más famosos de todos los tiempos; y Bill Gates, uno de los hombres más ricos del mundo.

Lennon y McCartney empezaron a tocar juntos en 1957, siete años antes de desembarcar en los Estados Unidos (a propósito: el tiempo que transcurrió entre la fundación de la banda y los que posiblemente sean sus mayores logros artísticos, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y The Beatles [White Album], es de diez años); y si uno mira con más detenimiento aquellos largos años formativos, encontrará una experiencia que, en el contexto de Bill Joy, o en el de los violinistas de categoría mundial, resulta tremendamente familiar. En 1960, cuando no eran más que un conjunto de rock de instituto que luchaba por abrirse camino, les invitaron a tocar en Hamburgo (Alemania).

-En el Hamburgo de entonces no había clubes de música dedicados al rock and roll, pero sí barras americanas -explica Philip Norman, biógrafo de los Beatles-. A uno de los dueños de estos clubes se le ocurrió llevar grupos de rock a tocar en varios clubes. Tenían esta fórmula. Era un enorme espectáculo ininterrumpido, con mucha gente entrando y saliendo a todas horas. Y las bandas tocaban todo el tiempo para atraer a ese flujo humano.

¿Y qué tenía Hamburgo que lo hacía tan especial? No era que pagasen bien. Pagaban mal. O que la acústica fuera increíble. No lo era. Ni que el público fuese sensible y entendido. Todo lo contrario. Fue simplemente la cantidad de tiempo que el grupo tenía que tocar.

-En Liverpool, las sesiones sólo duraban una hora -dijo John Lennon en una entrevista-, así que sólo tocábamos las mejores canciones, siempre las mismas. En Hamburgo teníamos que tocar ocho horas, así que no teníamos más remedio que encontrar otra forma de tocar.

¿Ocho horas?

Escuchemos ahora a Pete Best, batería de los Beatles en aquellos tiempos:

-Cuando corrió la voz de las actuaciones que hacíamos, el club comenzó a programar muchas seguidas. Actuábamos siete noches por semana. Al principio tocábamos casi sin parar hasta las 12:30, cuando cerraba el club; pero a medida que fuimos mejorando, la gente se quedaba hasta las dos casi todas las noches.

¿Siete días por semana?

Al final, los Beatles viajaron a Hamburgo cinco veces entre 1960 y finales de 1962. En su primer viaje, tocaron 106 noches, a razón de cinco horas o más por noche. En su segundo viaje, actuaron 92 veces; y en el tercero, 48, con un total de 172 horas sobre el escenario. Sus dos últimos pasos por Hamburgo, en noviembre y diciembre de 1962, supusieron otras 90 horas de actuación. En poco más de año y medio habían actuado 270 noches. De hecho, cuando tuvieron su primer éxito en 1964, habían actuado en directo unas mil doscientas veces. Para comprender cuán extraordinario es esto, conviene saber que la mayoría de los grupos de hoy no actúan mil doscientas veces ni en el curso de sus carreras enteras. El crisol de Hamburgo es una de las cosas que hacen especiales a los Beatles.

-Cuando llegaron allí, eran unos inútiles sobre el escenario; pero volvieron siendo muy buenos -sigue Norman-. No sólo ganaron en resistencia. Tuvieron que aprenderse una enorme cantidad de temas y hacer versiones de todo lo imaginable, no sólo de rock and roll, también algo de jazz. Antes de ir a Alemania, carecían de toda disciplina escénica. Pero cuando volvieron, sonaban como nadie. Eso fue lo que les dio su sello.

Vamos a la historia de Bill Gates, casi tan conocida como la de los Beatles: un joven y brillante matemático que descubre la programación. Deja Harvard. Funda con sus amigos una pequeña empresa de informática llamada Microsoft; y a fuerza de pura brillantez, ambición y cuajo, la convierte en un gigante del sector del software. Hasta aquí, el perfil en sentido amplio. Pero vamos a cavar un poquito más profundo.

Fallas de software (parte XVI)

Error en controlador de discos de Toshiba(1999)

En noviembre de 1999 Toshiba llegó a un arreglo fuera de la corte que el costaría más de 2000 millones de dólares, para cubrir los errores ocasionados por la pérdida de información debida a fallas en los controladores de discos floppy de sus computadoras portátiles a partir de 1980. Aunque los controladores fueron diseñados originalmente por NEC, Toshiba producía sus propios componentes y nunca incluyó la modificación hecha por NEC en 1987, lo cuál habría evitado el problema. Lo más interesante del caso es que realmente nunca se reportó falla alguna. Queda por ver qué consecuencias traerá este caso al resto de los fabricantes de computadoras para quienes este precendente los tiene sumamente preocupados. (chin tengo una laptop toshiba ojala no se les hay pasado otra cosa).

Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo

Si eres de los que creen que el éxito es un don de nacimiento, un gurú explica que para ser talentoso y millonario la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo. ¿Acaso los ricos trabajan más que tú?

La Universidad de Michigan inauguró su nuevo centro informático en 1971. Era un flamante edificio con muros de ladrillo beige y el clásico vidrio oscuro en la fachada. Las enormes computadoras de unidad central de la universidad se erguían en medio de una enorme sala blanca. Como recordaba un miembro de la facultad: «Parecía una de las últimas secuencias de la película 2001: Una odisea del espacio». Para 1971, era lo último en tecnología. La Universidad de Michigan tenía uno de los programas de informática más avanzados del mundo; y durante la vida útil del centro informático, miles de estudiantes pasaron por aquella sala blanca. El más famoso de ellos sería un adolescente desgarbado llamado Bill Joy.

Joy llegó a la Universidad de Michigan el año en que se abrió el centro informático. Tenía dieciséis años. Era alto y muy delgado. Los de su clase de graduación en el instituto le habían votado «estudiante más estudioso», lo que, según explicaba él, equivalía a un nombramiento como «matadito vitalicio». Pensó que acabaría de biólogo o matemático. Pero a finales de su primer curso se dio una vuelta por el centro informático. Y se enganchó.

En adelante, el centro informático fue su vida. Programó todo lo que pudo. Consiguió un trabajo como profesor de informática para seguir programando a lo largo del verano. En 1975, se matriculó en la Universidad de Berkeley (California). Allí se zambulló aún más profundamente en el mundo del software. Durante la exposición oral de su tesis doctoral, formuló sobre la marcha un algoritmo particularmente complicado que, como escribiría uno de sus muchos admiradores, «abrumó de tal modo a sus examinadores, que uno de ellos más tarde comparó la experiencia con la de los sabios deslumbrados por la primera aparición pública de Jesús en el templo».

Trabajando en colaboración con un pequeño grupo de programadores, Joy se impuso la tarea de volver a escribir UNIX, un software desarrollado por AT&T para mainframes, las antiguas computadoras de unidad central. La versión de Joy era muy buena. Tan buena, de hecho, que desde entonces este sistema operativo hace funcionar literalmente millones de computadoras del mundo entero.

-Si pongo la Mac en ese modo tan gracioso que permite ver el código fuente -dice Joy-, veo cosas que recuerdo haber tecleado hace veinticinco años.

¿Y quién escribió la mayor parte del software que permite acceder a internet? Bill Joy.

Después de licenciarse por Berkeley, Joy se fue a Silicon Valley, donde cofundó Sun Microsystems, uno de los agentes cruciales de la revolución informática. Allí reescribió otro lenguaje de programación, Java, que acrecentó todavía más su leyenda. En Silicon Valley se habla de Bill Joy tanto como de Bill Gates en Microsoft. A veces lo llaman el Edison de internet. En palabras del informático de Yale David Gelernter, «Bill Joy ha sido una de las personas más influyentes de la historia de la computación».

Muchas veces se ha contado la historia del genio de Bill Joy, y la lección siempre es la misma: un espejo de la más pura meritocracia. La programación no funcionaba como una red de niños de papá, donde uno medra gracias al dinero o los contactos. Era un campo abierto de par en par, en el que se juzgaba a todos los participantes únicamente por su talento y sus logros; un mundo donde se imponían los mejores, y Joy claramente era uno de ellos.

Hace más de una década que los psicólogos del mundo entero debaten apasionadamente sobre una cuestión que la mayoría de la gente consideraría zanjada hace muchos años. La pregunta es: ¿existe el talento innato? La respuesta obvia es que sí. El éxito es talento más preparación. El problema de este punto de vista es que, cuanto más miran los psicólogos las carreras de los mejor dotados, menor les parece el papel del talento innato; y mayor el que desempeña la preparación.

La prueba número uno en el debate sobre el talento es un estudio realizado a principios de los años noventa por el psicólogo K. Anders Ericsson y dos de sus colegas en la elitista Academia de Música de Berlín. Con ayuda de los profesores de la institución, dividieron a los violinistas en tres grupos. En el primero estaban las estrellas, los estudiantes con potencial para convertirse en solistas de categoría mundial. En el segundo, aquéllos juzgados simplemente «buenos». En el tercero, los estudiantes que tenían pocas probabilidades de llegar a tocar profesionalmente y pretendían hacerse profesores de música en el sistema escolar público. Todos los violinistas respondieron a la siguiente pregunta: en el curso de toda su carrera, desde que tomó por primera vez un violín, ¿cuántas horas ha practicado en total?

En los tres grupos, todo el mundo había empezado a tocar aproximadamente a la misma edad, alrededor de los cinco años. En aquella fase temprana, todos practicaban más o menos la misma cantidad de horas, unas dos o tres por semana. Pero cuando los estudiantes rondaban los ocho años, comenzaban a surgir las verdaderas diferencias. Los estudiantes que terminaban como los mejores de su clase empezaban por practicar más que todos los demás: seis horas por semana a los nueve, ocho horas por semana a los doce, dieciséis a los catorce, y así sucesivamente, hasta que a los veinte practicaban bien por encima de las treinta horas semanales. De hecho, a los veinte años, los intérpretes de élite habían acumulado diez mil horas de práctica cada uno. En contraste, los estudiantes buenos a secas habían sumado ocho mil horas: y los futuros profesores de música, poco más de cuatro mil.

A continuación el psicólogo Ericsson y sus colegas compararon a pianistas aficionados con pianistas profesionales. Se repitió el mismo patrón: los aficionados nunca practicaban más de unas tres horas por semana durante su niñez; y a los veinte años, habían sumado dos mil horas de práctica. Los profesionales, por otra parte, habían aumentado su tiempo de práctica año tras año, hasta que a los veinte, como los violinistas, habían alcanzado las diez mil horas.

Lo más llamativo del estudio de Ericsson es que ni él ni sus colegas encontraron músicos «natos» que flotaran sin esfuerzo hasta la cima practicando una fracción del tiempo que necesitaban sus pares. Tampoco encontraron «obreros» romos a los que, trabajando más que nadie, lisa y llanamente les faltara el talento necesario para hacerse un lugar en la cumbre. Sus investigaciones sugieren que una vez que un músico ha demostrado capacidad suficiente para ingresar en una academia superior de música, lo que distingue a un intérprete virtuoso de otro mediocre es el esfuerzo que cada uno dedica a practicar. Y eso no es todo: los que están en la misma cumbre no es que trabajen un poco o bastante más que todos los demás. Trabajan mucho, mucho más.

La idea de que la excelencia en la realización de una tarea compleja requiere un mínimo dado de práctica, expresado como valor umbral, se abre paso una y otra vez en los estudios sobre la maestría. De hecho, los investigadores se han decidido por lo que ellos consideran es el número mágico de la verdadera maestría: diez mil horas.

Fallas de software (parte XV)

Pérdida de un banco por datos incorrectos de un modelo (1997)

En 1997 en banco UBS de Suiza perdió 412 millens de dólares en pérdidas en derivados, en parte causadas por precios incorrectos insertados en un modelo de derivados de acciones.

Error en equipo de Cisco (1998)

En abril de 1998 por un error de un equipo de ruteo de Cisco en uso por “AT&T” se propagó por cientos de equipo de ruteo en su red de alta velocidad, dejando fuera de servicio miles de cajeros automáticos y lectores de tarjetas de crédito.

Software inapropiado llevó a un distribuidor de medicina a la quiebra(1998)

El 27 de agosto de 1998 la revista Der Spiege, en Alemania, informó de una demanda de 500 millones de dólares a SAP por parte del distribuidor de medicinas FoxMeyer Corp. Esta última acusó a SAP de venderle software inapropiado para sus necesidades, lo cual tuvo como resultado la quiebra de Fox Meyre. Analistas alemanes comentaron que no consideran que un “software sea apropiado para llevar a la ruina a una compañia”.

Error de sistema de control de cohete ruso(1998)

En septiembre de 1998 la computadora del cohete ucraniano Zenit 2 apagó por error el motor cinco minutos después del despegue. El cohete se estrelló destruyendo 12 satélites comerciales propiedad de GlobalStar Telecom con un costo superior a 185 millones de dólares.

Error en sistema de subastas de eBay(1999)

En junio de 1999 un error en el software dejó fuera de servicio por 22 horas al sistema de subastas eBay.

Fallas de software (parte VII)

Actualización de software mal planificado paraliza Nasdaq(1999)

El 17 de noviembre de 1999 los corredores de la bolsa de valores de Nasdaq no pudieron comprar ni vender acciones durante 17 minutos cruciales, después de que empleados de Nasdaq intentaran actualizar, sobre la marcha, un sistema de software durante la ultima media hora de la sesión. Algo funcionó mal y los inversionistas tuvieron que dejar de operar.

Fallas de software (parte XIV)

Mala planificación del nuevo sistema de una administradora de servicios de salud(1997)

Según reporto el Wall Street Journal el 11 de diciembre de 1997, Oxford Health Plans Inc. administradora de salud de los Estados Unidos, compañia de gran crecimiento en los últimos tiempos, anunció que registraría una pérdida de 120 millones de dólares o mas durante ese trimestre, además de otra adicional de 728 millnes de dólares, su primera pérdida desde que salió a la bolsa en 1991. La Razón principal fue la larga lista de problemas ocacionados por un sistema informático que se pudo en línea en 1996; desde el diseño del sistema y su instalación hasta como fue administrado por los ejecutivos del grupo Oxford; los cuales ocasionaros que Oxford no pudiera enviar facturas mensuales a miles de clientes, además de incapacitarla para monitorear los pagos a cientos de médicos y hospitales. En menos de un año, los pagos no cobrados de sus clientes se triplicaron a más de 400 millones de dólares, mientras que el monto que Oxford debía a los proveedores de servicios médicos aumentó en más de 50% alcanzando una suma superior a los 650 millones de dólares.

Fallas de Software (parte XIII)

Falla de la computadora del Centro de Control de Tráfico Aereo de Nueva York (1996)

El 20 de mayo de 1996 falló la computadora del Centro de Control de Tráfico Aereo de Nueva York (ARTCC) que controlaba el tráfico aéreo sobre los estados de Nueva York, Connecticut, Nueva Jersey, Pennsylvania, y parte del oceáno Atlántico. La computadora, con siste años de operación, perdió la capacidad de servicio efectivo ( digase “fallo”) dos veces la tarde del lunes 20 de mayo, la primera durante 20 minutos y la segunda alrededor de una hora, una hora más tarde. Se regresó al sistema anterior, con procedimientos de control de tráfico aéreo menos eficientes, ocasionando mayor saturación de tráfico y retrasos en los despegues de alrededor de una hora en los aeropuertos principales en el área, además de un incremento en la carga de trabajo de los controladores y menor seguridad, incluyendo la desactivación de la “alerta automática de conflictos”