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Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo (parteV)

¿Qué pasa aquí? La respuesta es obvia si uno piensa en ello: en los años 1860 y 1870, la economía estadounidense experimentó quizá la mayor transformación de su historia. Fue cuando se construyeron los ferrocarriles y surgió Wall Street, cuando la fabricación industrial comenzaba en serio, cuando las reglas que habían regido la economía tradicional se rompieron

para rehacerse de nuevo. Lo que esta lista dice es que realmente importa cuántos años tiene uno cuando se produce una transformación así.

Los nacidos a fines de la década de 1840 se lo perdieron. Eran muy jóvenes para aprovechar el momento. Pero los nacidos de 1820 eran muy viejos: tenían la mentalidad formada por el paradigma de la época anterior a la Guerra de Secesión. Pero había una ventana estrecha, de nueve años, que era perfecta para ver el potencial que encerraba el futuro. Los catorce de la lista tenían visión y talento. Pero también una oportunidad asombrosa.

Si uno pregunta a los veteranos de Silicon Valley, le dirán que la fecha más importante en la historia de la revolución de las computadoras personales fue enero de 1975, cuando la revista Popular Electronics sacó en portada una máquina extraordinaria llamada Altair 8800. El Altair costaba trescientos noventa y siete dólares. Era un artefacto del tipo «hágalo usted mismo» que se podía montar en casa. El titular del reportaje rezaba: «¡LO NUNCA VISTO! La primera minicomputadora del mundo en rivalizar con los modelos comerciales».

Hasta entonces la idea de una computadora la habían encarnado aquellos enormes y carísimos mainframes como el que poblaba la blanca extensión del centro informático de Michigan. Durante años, todos los hackers y zumbados de la electrónica habían soñado con el día en que una computadora fuera suficientemente pequeña y barata para que una persona ordinaria pudiera usarla y poseerla. Aquel día al fin había llegado.

-Si un informático era demasiado viejo en 1975, entonces ya tendría un trabajo en IBM desde que dejó la universidad; y una vez que se empezaba en IBM, resultaba verdaderamente duro hacer la transición al mundo nuevo -asegura Nathan Myhrvold, durante muchos años alto ejecutivo de Microsoft.

Quien en 1975 hubiera dejado bien atrás sus años universitarios pertenecía ya al viejo paradigma. Se acababa de comprar una casa. Estaba casado, tal vez con hijos o esperándolos. Ésta no es situación para dejar un buen trabajo con su pensión e irse a juguetear con una fantasiosa computadorcita de trescientos noventa y siete dólares. De modo que excluyamos a todos aquellos nacidos antes de, digamos, 1952. Al mismo tiempo, naturalmente, no conviene ser demasiado joven, pues lo importante es estar bien colocado en la parrilla de salida para 1975, lo cual no es factible si uno está todavía en el instituto, así que excluyamos también a los nacidos después de, digamos, 1958. Es decir, la edad perfecta para estar en 1975 es la suficiente para formar parte de la revolución que viene, pero no tanta como para habérsela perdido. Si se puede elegir, lo mejor es tener veinte o veintiuno, lo que significa haber nacido en 1954 o 1955.

Hay un modo fácil de comprobar esta teoría. ¿Cuándo nació Bill Gates? 28 de octubre de 1955. ¡Es la fecha de nacimiento perfecta! Su mejor amigo era Paul Allen, cofundador de Microsoft junto con Bill Gates. ¿Cuándo nació? 21 de enero de 1953. El tercer hombre más rico de Microsoft es quien ha dirigido cotidianamente la empresa desde 2000, y es uno de los directivos más respetados en el mundo del software: Steve Ballmer. ¿La fecha de nacimiento de Ballmer? 24 de marzo de 1956.

Y no olvidemos a un hombre casi tan famoso como Gates: Steve Jobs, cofundador de Apple Computer. A diferencia de Gates, no prevenía de una familia rica ni fue a Michigan como Joy. Pero él también tuvo su Hamburgo. Se crió en el epicentro absoluto de Silicon Valley. Su vecindario esta lleno de ingenieros de la Hewlett-Packard, entonces una de las firmas de electrónica más importates del mundo. De adolescente merodeó por los mercados donde los aficionados a la electrónica vendían recambios informáticos. Jobs llegó a su mayoría de edad respirando el aire del mismo negocio que más tarde dominaría. ¿Cuándo nació? 24 de febrero de 1955.

Otro pionero de la revolución del software fue Eric Schmidt, que dirigía Novell, una de las firmas de software más importantes de Silicon Valley, y en 2001 se convirtió en director gerente de Google. ¿Fecha de nacimiento? 2 de abril de 1955. No pretendo sugerir, por supuesto, que todo magnate del software en Silicon Valley haya nacido en 1955. No es así, igual que no todo titán estadounidense de los negocios nació a mediados de la década de 1830. Pero aquí hay muy claramente un patrón, y resulta asombroso lo poco que parecemos querer reconocerlo. Fingimos que el éxito es exclusivamente un asunto de mérito individual. Pero no hay nada que corrobore que las cosas son así de simples. Estas historias, en cambio, hablan de personas que tuvieron una oportunidad especial de trabajar duro y bien y la aprovecharon. Su éxito no fue sólo de fabricación propia: fue un producto del mundo en el que crecieron.

A propósito, no nos olvidemos de Bill Joy. Él mismo dice que, si hubiera sido un poquitín más viejo y tenido que afrontar la servidumbre de programar con tarjetas perforadas, habría estudiado ciencias naturales. Tras su paso por Berkeley, Joy se convirtió en uno de los cuatro fundadores de Sun Microsystems, una de las más antiguas e importantes empresas de software de Silicon Valley. Y usted si todavía piensa que la fecha y el lugar de nacimiento son accidentes que no importan tanto, aquí están los cumpleaños de los otros tres fundadores de Sun Microsystems. Scott McNealy: 13 de noviembre de 1954. Vinod Khosla: 28 de enero de 1955. Andy Bechtolsheim: 30 de septiembre de 1955.

De Fueras de serie. Taurus

Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo (parteIV)

El padre de Gates era un rico abogado de Seattle; y su madre, hija de un banquero acomodado. De niño, Bill se reveló como un talento precoz, fácilmente aburrido por los estudios; así que sus padres lo sacaron de la escuela pública y, cuando iba a empezar el séptimo curso, lo enviaron a Lakeside, una escuela privada a la que las familias de la élite de Seattle enviaban a sus hijos. A mitad del segundo año de Gates en Lakeside, la institución creó un club informático.

-Todos los años, el Club de Madres de la escuela organizaba un mercadillo de artículos usados; y siempre estaba la pregunta de adónde iría el dinero -recuerda Gates-. A veces se destinaba al programa de verano, que permitía a los chicos de ciudad pasarlo en el campus. También se destinaba a las necesidades de los profesores. Aquel año se invirtieron tres mil dólares en una terminal informática en un cuartito del que procedimos a apoderarnos. Nos parecía una cosa asombrosa.

Y tanto, porque era 1968. A partir de aquel año, Gates vivió en la sala de la computadora. Él y otros empezaron a enseñarse a sí mismos cómo usar aquel extraño dispositivo nuevo. Alquilar una terminal entonces puntera salía caro incluso para una institución tan rica como el Lakeside, así que los tres mil dólares recaudados por el Club de Madres no tardaron en agotarse. Los padres recaudaron más dinero. Los estudiantes se lo gastaron. Entonces, un grupo de programadores de la Universidad de Washington formó un equipo llamado Computer Center Corporation (o C al cubo), que arrendaba horas de computadora a empresas locales. C al cubo acabó por quebrar. No tardaron en dar con otra empresa, ISI (Information Sciences Inc.), que les cedió horas de computadora gratuitas a cambio de su trabajo en un software para automatizar nóminas de empresa. Durante un periodo de siete meses de 1971, Gates y sus cohortes sumaron 1.575 horas de tiempo de programación con la unidad central ISI, lo que hace un promedio de ocho horas al día, siete días por semana.

-Era mi obsesión -cuenta Gates al hablar de sus tempranos años en el instituto-, Me saltaba la educación física. Iba allí por las noches. Programábamos durante los fines de semana. Tenían estas máquinas en el centro médico y el departamento de Física. Trabajaban sobre un programa de veinticuatro horas, pero con grandes periodos inactivos, de modo que entre las tres y las seis de la mañana había un hueco de tres horas -ríe Gates-. Por eso soy siempre tan generoso con la Universidad de Washington, porque me dejó robar tantas horas de computadora.

Años más tarde, la madre de Gates dijo:

-Siempre nos preguntábamos por qué le costaba tanto levantarse por las mañanas.

Entonces, uno de los fundadores de ISI, Bud Pembroke, recibió una llamada de una empresa tecnológica que acababa de firmar un contrato para informatizar una enorme central eléctrica al sur del estado de Washington. La compañía necesitaba desesperadamente programadores familiarizados con el software concreto que usaba la central. En aquellos días tempranos de la revolución informática, era difícil encontrar programadores con esa clase de experiencia especializada. Pero Pembroke sabía exactamente a quién llamar: a aquellos jóvenes de Lakeside que llevaban miles de horas encima de la computadora central de ISI.

Aquellos cinco años que van desde octavo grado al final del instituto fueron el Hamburgo de Bill Gates, quien, se mire como se mire, supo aprovechar una serie de oportunidades aún más extraordinaria que la que disfrutó Bill Joy.

¿Y qué tenían en común prácticamente todas aquellas oportunidades? Que le dieron a Bill Gates tiempo suplementario para practicar. Cuando Gates dejó Harvard después de su segundo año de estudiante para probar suerte con su propia empresa de software, llevaba siete años consecutivos programando prácticamente sin parar. Había sobrepasado con creces las diez mil horas. ¿Cuántos adolescentes del mundo reunían la clase de experiencia que tenía Gates?

Si juntamos las historias de los Beatles con las de Bill Joy y Bill Gates, creo que nos haremos una idea más completa del camino al éxito, Tanto Joy como Gates o los Beatles eran sin lugar a dudas gente con talento. Pero lo que realmente distingue sus historias no es su maravilloso talento, sino las extraordinarias oportunidades que disfrutaron.

Las rachas de suerte no parecen ser excepcionales entre los millonarios del software, los ídolos del deporte y los conjuntos de rock. Parecen ser la norma. La lista de las setenta y cinco personas más ricas de la historia de la humanidad, compilada por la revista Forbes, incluye a reinas, reyes y faraones de siglos pasados, así como a millonarios contemporáneos, como Warren Buffett y Carlos Slim. Los historiadores comienzan con los faraones y Cleopatra, repasando cada año de la historia humana desde entonces, en busca de pruebas de riqueza extraordinaria por todos los rincones del mundo. Pues bien, casi el veinte por ciento de los nombres que figuran en la lista proceden de una sola generación de los Estados Unidos.

1.John D. Rockefeller, 1839

2. Andrew Carnegie, 1835

28. Frederick Weyerhaeuser, 1834

33. Jay Gould, 1836

34. Marshall Field, 1834

35. George F. Baker, 1840

36. Hetty Green, 1834

44. James G. Fair, 1831

54. Henry H. Rogers, 1840

57. J. P. Morgan, 1837

58. Oliver H. Payne, 1839

62. George Pullman, 1831

64. Peter Arrell Brown Widener, 1834

65. Philip Danforth Armour, 1832

Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo (parteIII)

Esta regla de las diez mil horas, ¿es una regla general para el éxito? Vamos a probar la idea con dos ejemplos: los Beatles, uno de los grupos de rock más famosos de todos los tiempos; y Bill Gates, uno de los hombres más ricos del mundo.

Lennon y McCartney empezaron a tocar juntos en 1957, siete años antes de desembarcar en los Estados Unidos (a propósito: el tiempo que transcurrió entre la fundación de la banda y los que posiblemente sean sus mayores logros artísticos, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y The Beatles [White Album], es de diez años); y si uno mira con más detenimiento aquellos largos años formativos, encontrará una experiencia que, en el contexto de Bill Joy, o en el de los violinistas de categoría mundial, resulta tremendamente familiar. En 1960, cuando no eran más que un conjunto de rock de instituto que luchaba por abrirse camino, les invitaron a tocar en Hamburgo (Alemania).

-En el Hamburgo de entonces no había clubes de música dedicados al rock and roll, pero sí barras americanas -explica Philip Norman, biógrafo de los Beatles-. A uno de los dueños de estos clubes se le ocurrió llevar grupos de rock a tocar en varios clubes. Tenían esta fórmula. Era un enorme espectáculo ininterrumpido, con mucha gente entrando y saliendo a todas horas. Y las bandas tocaban todo el tiempo para atraer a ese flujo humano.

¿Y qué tenía Hamburgo que lo hacía tan especial? No era que pagasen bien. Pagaban mal. O que la acústica fuera increíble. No lo era. Ni que el público fuese sensible y entendido. Todo lo contrario. Fue simplemente la cantidad de tiempo que el grupo tenía que tocar.

-En Liverpool, las sesiones sólo duraban una hora -dijo John Lennon en una entrevista-, así que sólo tocábamos las mejores canciones, siempre las mismas. En Hamburgo teníamos que tocar ocho horas, así que no teníamos más remedio que encontrar otra forma de tocar.

¿Ocho horas?

Escuchemos ahora a Pete Best, batería de los Beatles en aquellos tiempos:

-Cuando corrió la voz de las actuaciones que hacíamos, el club comenzó a programar muchas seguidas. Actuábamos siete noches por semana. Al principio tocábamos casi sin parar hasta las 12:30, cuando cerraba el club; pero a medida que fuimos mejorando, la gente se quedaba hasta las dos casi todas las noches.

¿Siete días por semana?

Al final, los Beatles viajaron a Hamburgo cinco veces entre 1960 y finales de 1962. En su primer viaje, tocaron 106 noches, a razón de cinco horas o más por noche. En su segundo viaje, actuaron 92 veces; y en el tercero, 48, con un total de 172 horas sobre el escenario. Sus dos últimos pasos por Hamburgo, en noviembre y diciembre de 1962, supusieron otras 90 horas de actuación. En poco más de año y medio habían actuado 270 noches. De hecho, cuando tuvieron su primer éxito en 1964, habían actuado en directo unas mil doscientas veces. Para comprender cuán extraordinario es esto, conviene saber que la mayoría de los grupos de hoy no actúan mil doscientas veces ni en el curso de sus carreras enteras. El crisol de Hamburgo es una de las cosas que hacen especiales a los Beatles.

-Cuando llegaron allí, eran unos inútiles sobre el escenario; pero volvieron siendo muy buenos -sigue Norman-. No sólo ganaron en resistencia. Tuvieron que aprenderse una enorme cantidad de temas y hacer versiones de todo lo imaginable, no sólo de rock and roll, también algo de jazz. Antes de ir a Alemania, carecían de toda disciplina escénica. Pero cuando volvieron, sonaban como nadie. Eso fue lo que les dio su sello.

Vamos a la historia de Bill Gates, casi tan conocida como la de los Beatles: un joven y brillante matemático que descubre la programación. Deja Harvard. Funda con sus amigos una pequeña empresa de informática llamada Microsoft; y a fuerza de pura brillantez, ambición y cuajo, la convierte en un gigante del sector del software. Hasta aquí, el perfil en sentido amplio. Pero vamos a cavar un poquito más profundo.

Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo (parteII)

La imagen que surge de tales estudios es que se requieren diez mil horas de práctica para alcanzar el nivel de dominio propio de un experto de categoría mundial, en el campo que fuere -escribe el neurólogo Daniel Levitin-. Estudio tras estudio, trátese de compositores, jugadores de baloncesto, escritores de ficción, patinadores sobre hielo, concertistas de piano, jugadores de ajedrez, delincuentes de altos vuelos o de lo que sea, este número se repite una y otra vez. Desde luego, esto no explica por qué algunas personas aprovechan mejor sus sesiones prácticas que otras. Pero nadie ha encontrado aún un caso en el que se lograra verdadera maestría de categoría mundial en menos tiempo. Parece que el cerebro necesita todo ese tiempo para asimilar cuanto necesita conocer para alcanzar un dominio verdadero.

Esto se cumple hasta con los casos emblemáticos de prodigio. Mozart, como es bien sabido, empezó a escribir música a los seis años. Pero, según escribe el psicólogo Michael Howe en su libro Fragmentos de genio:

Conforme a los parámetros de los compositores maduros, las primeras obras de Mozart no son excepcionales. Las piezas más tempranas probablemente las escribió su padre, quizá introduciendo mejoras en el proceso. Muchas de las composiciones de niñez de Wolfgang, como los primeros siete de sus conciertos para piano y orquesta, son en gran parte arreglos de obras debidas a otros compositores. Entre aquellos conciertos que sólo contienen música original de Mozart, el más temprano de los que hoy están considerados obras maestras (el N° 9, K. 271) no lo compuso hasta los veintiuno. Para entonces, Mozart ya llevaba diez años componiendo conciertos.

El crítico de música Harold Schonberg va más lejos: Mozart, asegura él, en realidad «se desarrolló tardíamente», puesto que no produjo sus mejores obras hasta que llevaba más de veinte años componiendo.

Otra cosa interesante sobre las dichosas diez mil horas, desde luego, es que las dichosas diez mil horas son una enorme cantidad de tiempo. Es casi imposible alcanzar esa cifra por uno mismo cuando se es un adulto joven. Hay que tener padres que le animen y apoyen a uno. No se puede ser pobre, porque si uno tiene que atender un trabajo de jornada reducida aparte para llegar a fin de mes, no le quedará tiempo suficiente para practicar durante el día. De hecho, la mayoría de la gente sólo puede alcanzar esa cifra formando parte de alguna especie de programa especial o accediendo a alguna especie de oportunidad extraordinaria que les dé una posibilidad de invertir tantas horas en una misma cosa.

Así le pasó a Bill Joy en 1971. Volvamos a este muchacho alto y desgarbado de dieciséis años. Una lumbrera de las matemáticas. Cuando llegó el momento de matricularse en la universidad, Joy obtuvo una nota perfecta en la sección de matemáticas del examen de ingreso. Tenía muchísimo talento. Pero ésta no es la única consideración. Nunca lo es. La clave de su desarrollo es que un buen día tropezó con aquel indescriptible edificio del centro informático.

A principios de los años setenta, cuando Joy aprendía informática, las computadoras eran del tamaño de una sala. Una máquina sola (tal vez con menos potencia y memoria que su actual horno microondas) podría costar más de un millón de dólares de 1970. Las computadoras eran algo insólito. Caso de dar con una, lo difícil era conseguir acceso a ella; pero aun cuando se lograra acceder a una, su alquiler por horas costaba una fortuna.

Michigan fue una de las primeras universidades del mundo que efectuaron el cambio al régimen de tiempo compartido [lo que permitía a más personas a la vez acceder a las máquinas y programa]. Hacia 1967, ya estaba en marcha un prototipo de este sistema. Ésta fue la oportunidad que acogió a Bill Joy. Joy no había escogido Michigan por sus computadoras. Tampoco había hecho nunca nada con computadoras en el instituto. Sí le interesaban las matemáticas y la ingeniería. Pero cuando le picó el gusanillo de la programación en su primer año de estudiante universitario, se encontraba -gracias a la más feliz de las coincidencias- en uno de los pocos lugares del mundo donde un chico de diecisiete años podía programar cuanto quisiera.

-¿Qué diferencia hay entre las tarjetas perforadas [como se programaba antes de Joy] y el tiempo compartido? -comenta Joy-. Pues la misma que hay entre jugar al ajedrez por correo y echar una partida rápida. De repente, programar dejó de ser un ejercicio frustrante, para convertirse en algo divertido.

Hay que ver el torrente de oportunidades que se le presentaron a Bill Joy: primero tuvo la suerte de elegir una institución tan clarividente como la Universidad de Michigan, con lo que pudo beneficiarse de un sistema de tiempo compartido en vez de tirar de tarjetas perforadas; y como resultó que el sistema de Michigan tenía algunas rendijas, pudo programar todo lo que quiso. Quería aprender. Todo esto forma gran parte del éxito. Pero antes de poder convertirse en experto, alguien tuvo que darle la oportunidad de aprender a ser un experto.

-Si en Michigan programaba unas ocho o diez horas al día -continúa Joy-, cuando llegué a Berkeley empecé a trabajar de día y de noche. Para mi segundo año allí, se puede decir que era un experto. Entonces fue cuando escribí programas que todavía se usan hoy, treinta años más tarde -se detuvo un momento para hacer cálculo mental, lo que para alguien como él no lleva mucho tiempo: Michigan en 1971; programación en serio desde el segundo curso; los veranos, más los días y las noches de su primer año en Berkeley-. Salen… creo que son ¿diez mil horas? Por ahí andará.

Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo

Si eres de los que creen que el éxito es un don de nacimiento, un gurú explica que para ser talentoso y millonario la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo. ¿Acaso los ricos trabajan más que tú?

La Universidad de Michigan inauguró su nuevo centro informático en 1971. Era un flamante edificio con muros de ladrillo beige y el clásico vidrio oscuro en la fachada. Las enormes computadoras de unidad central de la universidad se erguían en medio de una enorme sala blanca. Como recordaba un miembro de la facultad: «Parecía una de las últimas secuencias de la película 2001: Una odisea del espacio». Para 1971, era lo último en tecnología. La Universidad de Michigan tenía uno de los programas de informática más avanzados del mundo; y durante la vida útil del centro informático, miles de estudiantes pasaron por aquella sala blanca. El más famoso de ellos sería un adolescente desgarbado llamado Bill Joy.

Joy llegó a la Universidad de Michigan el año en que se abrió el centro informático. Tenía dieciséis años. Era alto y muy delgado. Los de su clase de graduación en el instituto le habían votado «estudiante más estudioso», lo que, según explicaba él, equivalía a un nombramiento como «matadito vitalicio». Pensó que acabaría de biólogo o matemático. Pero a finales de su primer curso se dio una vuelta por el centro informático. Y se enganchó.

En adelante, el centro informático fue su vida. Programó todo lo que pudo. Consiguió un trabajo como profesor de informática para seguir programando a lo largo del verano. En 1975, se matriculó en la Universidad de Berkeley (California). Allí se zambulló aún más profundamente en el mundo del software. Durante la exposición oral de su tesis doctoral, formuló sobre la marcha un algoritmo particularmente complicado que, como escribiría uno de sus muchos admiradores, «abrumó de tal modo a sus examinadores, que uno de ellos más tarde comparó la experiencia con la de los sabios deslumbrados por la primera aparición pública de Jesús en el templo».

Trabajando en colaboración con un pequeño grupo de programadores, Joy se impuso la tarea de volver a escribir UNIX, un software desarrollado por AT&T para mainframes, las antiguas computadoras de unidad central. La versión de Joy era muy buena. Tan buena, de hecho, que desde entonces este sistema operativo hace funcionar literalmente millones de computadoras del mundo entero.

-Si pongo la Mac en ese modo tan gracioso que permite ver el código fuente -dice Joy-, veo cosas que recuerdo haber tecleado hace veinticinco años.

¿Y quién escribió la mayor parte del software que permite acceder a internet? Bill Joy.

Después de licenciarse por Berkeley, Joy se fue a Silicon Valley, donde cofundó Sun Microsystems, uno de los agentes cruciales de la revolución informática. Allí reescribió otro lenguaje de programación, Java, que acrecentó todavía más su leyenda. En Silicon Valley se habla de Bill Joy tanto como de Bill Gates en Microsoft. A veces lo llaman el Edison de internet. En palabras del informático de Yale David Gelernter, «Bill Joy ha sido una de las personas más influyentes de la historia de la computación».

Muchas veces se ha contado la historia del genio de Bill Joy, y la lección siempre es la misma: un espejo de la más pura meritocracia. La programación no funcionaba como una red de niños de papá, donde uno medra gracias al dinero o los contactos. Era un campo abierto de par en par, en el que se juzgaba a todos los participantes únicamente por su talento y sus logros; un mundo donde se imponían los mejores, y Joy claramente era uno de ellos.

Hace más de una década que los psicólogos del mundo entero debaten apasionadamente sobre una cuestión que la mayoría de la gente consideraría zanjada hace muchos años. La pregunta es: ¿existe el talento innato? La respuesta obvia es que sí. El éxito es talento más preparación. El problema de este punto de vista es que, cuanto más miran los psicólogos las carreras de los mejor dotados, menor les parece el papel del talento innato; y mayor el que desempeña la preparación.

La prueba número uno en el debate sobre el talento es un estudio realizado a principios de los años noventa por el psicólogo K. Anders Ericsson y dos de sus colegas en la elitista Academia de Música de Berlín. Con ayuda de los profesores de la institución, dividieron a los violinistas en tres grupos. En el primero estaban las estrellas, los estudiantes con potencial para convertirse en solistas de categoría mundial. En el segundo, aquéllos juzgados simplemente «buenos». En el tercero, los estudiantes que tenían pocas probabilidades de llegar a tocar profesionalmente y pretendían hacerse profesores de música en el sistema escolar público. Todos los violinistas respondieron a la siguiente pregunta: en el curso de toda su carrera, desde que tomó por primera vez un violín, ¿cuántas horas ha practicado en total?

En los tres grupos, todo el mundo había empezado a tocar aproximadamente a la misma edad, alrededor de los cinco años. En aquella fase temprana, todos practicaban más o menos la misma cantidad de horas, unas dos o tres por semana. Pero cuando los estudiantes rondaban los ocho años, comenzaban a surgir las verdaderas diferencias. Los estudiantes que terminaban como los mejores de su clase empezaban por practicar más que todos los demás: seis horas por semana a los nueve, ocho horas por semana a los doce, dieciséis a los catorce, y así sucesivamente, hasta que a los veinte practicaban bien por encima de las treinta horas semanales. De hecho, a los veinte años, los intérpretes de élite habían acumulado diez mil horas de práctica cada uno. En contraste, los estudiantes buenos a secas habían sumado ocho mil horas: y los futuros profesores de música, poco más de cuatro mil.

A continuación el psicólogo Ericsson y sus colegas compararon a pianistas aficionados con pianistas profesionales. Se repitió el mismo patrón: los aficionados nunca practicaban más de unas tres horas por semana durante su niñez; y a los veinte años, habían sumado dos mil horas de práctica. Los profesionales, por otra parte, habían aumentado su tiempo de práctica año tras año, hasta que a los veinte, como los violinistas, habían alcanzado las diez mil horas.

Lo más llamativo del estudio de Ericsson es que ni él ni sus colegas encontraron músicos «natos» que flotaran sin esfuerzo hasta la cima practicando una fracción del tiempo que necesitaban sus pares. Tampoco encontraron «obreros» romos a los que, trabajando más que nadie, lisa y llanamente les faltara el talento necesario para hacerse un lugar en la cumbre. Sus investigaciones sugieren que una vez que un músico ha demostrado capacidad suficiente para ingresar en una academia superior de música, lo que distingue a un intérprete virtuoso de otro mediocre es el esfuerzo que cada uno dedica a practicar. Y eso no es todo: los que están en la misma cumbre no es que trabajen un poco o bastante más que todos los demás. Trabajan mucho, mucho más.

La idea de que la excelencia en la realización de una tarea compleja requiere un mínimo dado de práctica, expresado como valor umbral, se abre paso una y otra vez en los estudios sobre la maestría. De hecho, los investigadores se han decidido por lo que ellos consideran es el número mágico de la verdadera maestría: diez mil horas.