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Ser Rico, la única fórmula útil sigue siendo el esfuerzo (parteII)

La imagen que surge de tales estudios es que se requieren diez mil horas de práctica para alcanzar el nivel de dominio propio de un experto de categoría mundial, en el campo que fuere -escribe el neurólogo Daniel Levitin-. Estudio tras estudio, trátese de compositores, jugadores de baloncesto, escritores de ficción, patinadores sobre hielo, concertistas de piano, jugadores de ajedrez, delincuentes de altos vuelos o de lo que sea, este número se repite una y otra vez. Desde luego, esto no explica por qué algunas personas aprovechan mejor sus sesiones prácticas que otras. Pero nadie ha encontrado aún un caso en el que se lograra verdadera maestría de categoría mundial en menos tiempo. Parece que el cerebro necesita todo ese tiempo para asimilar cuanto necesita conocer para alcanzar un dominio verdadero.

Esto se cumple hasta con los casos emblemáticos de prodigio. Mozart, como es bien sabido, empezó a escribir música a los seis años. Pero, según escribe el psicólogo Michael Howe en su libro Fragmentos de genio:

Conforme a los parámetros de los compositores maduros, las primeras obras de Mozart no son excepcionales. Las piezas más tempranas probablemente las escribió su padre, quizá introduciendo mejoras en el proceso. Muchas de las composiciones de niñez de Wolfgang, como los primeros siete de sus conciertos para piano y orquesta, son en gran parte arreglos de obras debidas a otros compositores. Entre aquellos conciertos que sólo contienen música original de Mozart, el más temprano de los que hoy están considerados obras maestras (el N° 9, K. 271) no lo compuso hasta los veintiuno. Para entonces, Mozart ya llevaba diez años componiendo conciertos.

El crítico de música Harold Schonberg va más lejos: Mozart, asegura él, en realidad «se desarrolló tardíamente», puesto que no produjo sus mejores obras hasta que llevaba más de veinte años componiendo.

Otra cosa interesante sobre las dichosas diez mil horas, desde luego, es que las dichosas diez mil horas son una enorme cantidad de tiempo. Es casi imposible alcanzar esa cifra por uno mismo cuando se es un adulto joven. Hay que tener padres que le animen y apoyen a uno. No se puede ser pobre, porque si uno tiene que atender un trabajo de jornada reducida aparte para llegar a fin de mes, no le quedará tiempo suficiente para practicar durante el día. De hecho, la mayoría de la gente sólo puede alcanzar esa cifra formando parte de alguna especie de programa especial o accediendo a alguna especie de oportunidad extraordinaria que les dé una posibilidad de invertir tantas horas en una misma cosa.

Así le pasó a Bill Joy en 1971. Volvamos a este muchacho alto y desgarbado de dieciséis años. Una lumbrera de las matemáticas. Cuando llegó el momento de matricularse en la universidad, Joy obtuvo una nota perfecta en la sección de matemáticas del examen de ingreso. Tenía muchísimo talento. Pero ésta no es la única consideración. Nunca lo es. La clave de su desarrollo es que un buen día tropezó con aquel indescriptible edificio del centro informático.

A principios de los años setenta, cuando Joy aprendía informática, las computadoras eran del tamaño de una sala. Una máquina sola (tal vez con menos potencia y memoria que su actual horno microondas) podría costar más de un millón de dólares de 1970. Las computadoras eran algo insólito. Caso de dar con una, lo difícil era conseguir acceso a ella; pero aun cuando se lograra acceder a una, su alquiler por horas costaba una fortuna.

Michigan fue una de las primeras universidades del mundo que efectuaron el cambio al régimen de tiempo compartido [lo que permitía a más personas a la vez acceder a las máquinas y programa]. Hacia 1967, ya estaba en marcha un prototipo de este sistema. Ésta fue la oportunidad que acogió a Bill Joy. Joy no había escogido Michigan por sus computadoras. Tampoco había hecho nunca nada con computadoras en el instituto. Sí le interesaban las matemáticas y la ingeniería. Pero cuando le picó el gusanillo de la programación en su primer año de estudiante universitario, se encontraba -gracias a la más feliz de las coincidencias- en uno de los pocos lugares del mundo donde un chico de diecisiete años podía programar cuanto quisiera.

-¿Qué diferencia hay entre las tarjetas perforadas [como se programaba antes de Joy] y el tiempo compartido? -comenta Joy-. Pues la misma que hay entre jugar al ajedrez por correo y echar una partida rápida. De repente, programar dejó de ser un ejercicio frustrante, para convertirse en algo divertido.

Hay que ver el torrente de oportunidades que se le presentaron a Bill Joy: primero tuvo la suerte de elegir una institución tan clarividente como la Universidad de Michigan, con lo que pudo beneficiarse de un sistema de tiempo compartido en vez de tirar de tarjetas perforadas; y como resultó que el sistema de Michigan tenía algunas rendijas, pudo programar todo lo que quiso. Quería aprender. Todo esto forma gran parte del éxito. Pero antes de poder convertirse en experto, alguien tuvo que darle la oportunidad de aprender a ser un experto.

-Si en Michigan programaba unas ocho o diez horas al día -continúa Joy-, cuando llegué a Berkeley empecé a trabajar de día y de noche. Para mi segundo año allí, se puede decir que era un experto. Entonces fue cuando escribí programas que todavía se usan hoy, treinta años más tarde -se detuvo un momento para hacer cálculo mental, lo que para alguien como él no lleva mucho tiempo: Michigan en 1971; programación en serio desde el segundo curso; los veranos, más los días y las noches de su primer año en Berkeley-. Salen… creo que son ¿diez mil horas? Por ahí andará.

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